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El hombre gris y el enano

El hombre gris y el enano

APUNTES DE UN VIEJO LÉPERO
En esta foto el hombre gris no tiene la misma determinación que el hombre bajito de mirada siniestra. El pequeño empuja el cuerpo hacia adelante, avanza con esmero, no queda duda que es el que manda al hombre gris de formas irresolutas, el otro, el de a un lado va un poco atrás, se rezaga, disimula su cansancio.

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Jeremías Marquines//

La foto es para dar terror. El hombre bajito va adelante. Su mirada es siniestra, recuerda a esos multiasesinos que protagonizan las series gringas. Mira al frente con frialdad, sin remordimientos. Una mano está en el cierre de su chamarra, la otra cuelga a un lado, tiene manos nudosas, manos duras. Camina dando tumbitos. La forma de su cabeza es extraña, achatada parece. Ojos tiene, coloreados por una sombra de malignidad. Sus piernas cortas me recuerdan una lejana frase que dijo un novelista: “Los enanos tienen bajos instintos”, creo que fue Pär Lagerkvist, en la novela El enano. El que está en esta foto, pienso, lo confirma.

El hombre bajito que camina dando tumbos acompaña junto a otro que hace el intento por sonreír. Su cara agujereada por el acné juvenil se tuerce en una especie de sonrisa. Camina ladeándose. Parece pesarle su cabeza calva, sigue intentando sonreír. Viste un traje gris, corbata gris a rayas, el color es su definición, es la figura de un hombre al que persigue la derrota. Intenta sonreír, algo intenta disimular.

En esta foto el hombre gris no tiene la misma determinación que el hombre bajito de mirada siniestra. El pequeño empuja el cuerpo hacia adelante, avanza con esmero, no queda duda que es el que manda al hombre gris de formas irresolutas, el otro, el de a un lado va un poco atrás, se rezaga, disimula su cansancio.

El hombre gris tiene una historia desdibujada. No es protagonista, siempre un poco atrás de otras figuras. Su vida es un disimulo. Siempre se rezaga. Su traje dice: obedece, acata, disimula. Sonríe con pesar. Lo que ha hecho lo hizo bajo la sombra de otros, no es protagonista, siempre otro le empuja hacia adelante, se deja gobernador. Una y dos veces fue alcalde de un pueblón; una y dos veces fue gris, el pueblón no mejoró. Mejoraron sus amigos, sus familiares, sus patrones, el pueblón siguió gris como antes. El pueblón sólo tiene una calle como dice el novelista Paul Medrano, una entrada y una salida. No hay allí ningún motivo para quedarse. El hombre gris, una y dos veces gobernó ese pueblón, sus amigos fueron felices, sus familiares y compadres también.

Este hombre, antes de ser dos veces jefe de un pueblón, y regidor, fue lacayo, secretario, empleado de otro hombre, hoy ya muerto. José Francisco Ruiz Massieu, de triste memoria, semi ilustrado y represor. Ejemplo de que la letra no arregla a la bestia. Siempre pues a la sombra de otro. Luego siguió viviendo de “la política”, ha sido en tres ocasiones diputado local, también lo hicieron senador, lo hicieron candidato a gobernador pero perdió, no sé si desde entonces comenzó a usar el traje gris y a disimular. Hasta hace poco fue diputado local plurinominal, es decir, no compitió por el voto, llegó por el remanente y la negociación, otros le pusieron. Así pues, el hombre gris sólo sabe disimular, no sabe hacer otra cosa. La política es un complicado disimulo.

La historia del pequeño siniestro es más violenta. En su novela El enano, Pär Lagerkvist retrata así a su personaje: “Estoy bien conformado, con las proporciones correspondientes, aunque tengo la cabeza un poco grande. El pelo no es negro, como el de los demás, sino colorado y echado hacia atrás de las sienes, y de una frente que más impresiona por lo ancha que lo alta. Soy lampiño, pero, fuera de eso, mi rostro es como el de cualquiera. Las cejas son espesas. Mi fuerza física es considerable, especialmente si me esfuerzo. Cuando se dispuso la lucha entre yo y Josefat, a los veinte minutos lo puse con la espalda contra el suelo y lo estrangulé. Desde entonces, aquí no hay más enano que yo”. El pequeño de la foto que comento parece encajar muy bien en esta prosopografía del novel sueco. En la política la frialdad es quizá tan apreciada como el amor.

A diferencia del hombre gris, el pequeño siniestro es protagonista, hombre de poder. El poder es cínico. Carrera súbita la del pequeño. Comenzó al principio de la década del noventa. Tuvo empleos pequeños pero de alto rendimiento, allí algo se puede desvalijar: de 1991 a 1994 fue delegado del Banco Nacional de Obras y Servicios Públicos (Banobras) en Guerrero. En 1993 fue electo síndico procurador del Ayuntamiento de Acapulco, luego director general de la Comisión de Agua Potable y Alcantarillado (Capama), dicen que dejó en quiebra ese organismo, deuda inmensa que hasta la fecha arrastra.

En 1997, el entonces gobernante priísta Ángel Aguirre lo designa titular de la Secretaría de Finanzas de Guerrero, pero en octubre de ese mismo año, Juan Salgado, alcalde también priísta, renuncia al gobierno municipal de Acapulco por su criminal omisión tras el paso del huracán Paulina. Entonces es el momento del chiquitín: logra que su primo Ángel Aguirre le ordene al Congreso de Guerrero que lo nombre presidente municipal interino de Acapulco. Cargo que deja tirado en 1998 para participar como precandidato de su partido a gobernador del estado. Pierde ante otro más listo. René Juárez Cisneros se convierte en gobernador y el pequeño regresa a la alcaldía que termina de saquear. Se le acusa, se le vitupera pero sigue libre. En 1999 se hace diputado local, cargo que también deja tirado, para ser electo en 2000 diputado federal.

En 2006 fue nombrado asesor de la Junta de Coordinación Política del Senado, por Manlio Fabio Beltrones. En 2008 dejó este cargo para ser candidato del PRI a presidente municipal de Acapulco. Resulta electo. La división impulsada por Luis Walton en las izquierdas le facilita el camino. Lo mismo hace ahora. Dolido al empresario gasolinero no le importa nada, sólo quiere vengarse del PRD.

En fin, el pequeño, al que ayudaría a ganar Luis Walton en el 2008, dejaría a Acapulco hundido en la delincuencia, la violencia y el caos. Señalado ha sido de estar en tratos con delincuentes. Se dijo, incluso, que el criminal llamado La Barbie lo cacheteó alguna vez. Dicen también que la actual vocera de la campaña del señor Astudillo viajaba a la parte sur del Distrito Federal a buscar cajas de dinero. La política es cuestión de mitos. Un desfalco de casi mil millones de pesos sigue sin ser aclarado hasta la fecha. Eso no es mito.

Pese a todo, el pequeño siniestro anda ahora de la mano con el hombre gris. Lo mangonea, le asesora. Le puso a su compiche de vocera. El pequeño siniestro le dice que diga frases como: “Hasta la madre está la gente del nepotismo”, lo dice el que fue una y dos veces alcalde de un pueblón gris donde los únicos felices fueron sus compadres y familiares. También dice: “La capital está al borde de la destrucción”, la capital, Chilpancingo gobernada por un priísta. También dice: “Es tiempo y momento de que volvamos al orden, a la paz”. Lo dice el que camina junto al pequeño siniestro que fue cacheteado por un narcotraficante, el que dejó a Acapulco en la más aberrante inseguridad, el que dejó a Acapulco en la mayor crisis económica que ocasionó pérdidas de empleo, crisis turística, y el que la gente tuviera miedo de salir de sus casas.

El hombre gris sólo repite lo que le dicen. No tiene convicciones, lo que propone no tiene sustento ni en su persona ni en la realidad. Miente, simula, disimula. El pequeño siniestro es el que le ordena. Sus propuestas son falsas, quiere parecer, pero no es. Qué tipo de hombre es el que dice por un lado: “En Ayotzinapa, lo imperativo es la justicia. Ni perdón ni olvido”. Mientras que sobre la matanza de Aguas Blancas realizada por un gobierno del PRI, declaró: “Fue un accidente, una psicosis colectiva. Nadie la mandó hacer. La policía estaba nerviosa, estaba desvelada, alguien disparó y dispararon todos” (La Jornada, 20 de enero, 2005). La política es tiempo. El hombre es su circunstancia. El perro que come huevo nunca deja la maña.

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