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BAJO FUEGO: El diferendo por la nación 3

BAJO FUEGO: El diferendo por la nación 3

José Antonio Rivera Rosales
El diálogo social es un imperativo impostergable.
A estas alturas de la crisis, 70 días después del infame ataque contra los normalistas, la comunidad guerrerense arribó a un momento histórico en el cual deberá decidir si continúa por la ruta de la confrontación o si, por el contrario, busca una vía de entendimiento que permita acceder a la verdad, la justicia, la reconciliación y el perdón.
Es claro que de ningún modo puede existir reconciliación sin antes transitar por la verdad pero, sobre todo, por la senda de la justicia. En este sentido, nunca fue tan válida aquella sentencia: “Ni perdón, ni olvido”.
En el contexto, los protagonistas principales de nuestra trágica historia deberán decidir si proceden a hacerse justicia por propia mano, como lo había anunciado uno de los padres de los desaparecidos, o abren la puerta a la esperanza. La sociedad nacional, por ende, tendrá que determinar si la venganza nacida del dolor y el rencor domina sus decisiones en lo sucesivo, o aprovecha esta dolorosa coyuntura para impulsar una transición hacia una mejor sociedad mexicana.
Por ello resulta inaplazable y urgente impulsar un diálogo abierto, de cara a la comunidad, entre diferentes actores sociales que pudieran canalizar una multiplicidad de diálogos de los distintos estratos de la población, que tienen algo o mucho que decir respecto de esta crisis que mantiene en vilo a la sociedad nacional pero, en particular, al gabinete federal que se ha visto reducido e inepto para enfrentar esta grave situación que, en un extremo no deseable, pudiera incidir negativamente en el futuro de la nación toda.
Para decirlo con todas sus letras: si no hay diálogo, no habrá país.
Empero, ese proceso de entendimiento social debe tener algunas condiciones para evitar que se vea contaminado por indeseables que sólo buscan su provecho personal.
En primera instancia los partidos políticos, sin excepción, responsables primarios de toda esta pudrición que nos agobia, deberán ser excluidos del diálogo.
En segunda instancia, el Congreso local -que está dominado por las corrientes hegemónicas de los mismos partidos-, también debe ser excluido. Los diputados y diputadas del Congreso desperdiciaron la única oportunidad que han tenido para ser útiles a la comunidad que dicen representar. Por el contrario, todos ellos y ellas huyeron para evitar enfrentar las demandas de los agraviados por la violencia conferida por policías y sicarios de Iguala a normalistas y civiles inocentes.

Y no sólo eso: durante la semana que suspendieron actividades -en el momento más álgido de la crisis- la mayoría se trasladó a Miami a pasear con gastos pagados. Hay fotos de los momentos en que algunos diputados suben a un avión con destino a ese centro turístico norteamericano. No les importó abandonar a su suerte a la comunidad guerrerense lastimada por esa terrible herida.
Tampoco debe estar convocado el Poder Judicial de Guerrero, cuyos magistrados se han mantenido omisos y silentes a lo largo de toda la crisis, como si los hechos no los ofendieran. Que sigan, pues, en su zona de confort.
En el orden federal tampoco han surgido iniciativas en el Congreso de la Unión -si acaso algunos pronunciamientos aislados y demagógicos- ni, mucho menos, en la Suprema Corte de Justicia de la Nación, aquella que en 1996 intervino en Guerrero tras la crisis provocada por la matanza de Aguas Blancas para dictaminar que, efectivamente, en esa masacre el gobierno local había cometido violaciones graves a los derechos humanos. De ahí surgió la decisión de separar a Rubén Figueroa Alcocer del cargo de gobernador de Guerrero. Por ahora la SCJN se ha mantenido en un vergonzoso silencio.
Quienes sí deben estar convocados, nos guste o no, son el Poder Ejecutivo del Estado y el Poder Ejecutivo Federal. ¿Por qué? Por la sencilla razón de que son estas instancias las que están obligadas a cumplir con su responsabilidad jurídica, política y constitucional de procurar justicia. De otro modo, mejor que se vayan del país.
Un adelanto del diálogo necesario es el mencionado por el gobernador Rogelio Ortega cuando el pasado 26 de noviembre, al cumplirse dos meses exactos de la masacre de Iguala, presentó sus 27 Acciones de Gobierno. De manera textual, Ortega mencionó un Acuerdo Social para la Reforma Ciudadana del Gobierno.
Ese día, ante la prensa reunida ex profeso, Ortega dijo: “Estamos quizá, por primera vez en mucho tiempo, ante la oportunidad invaluable de escucharnos, de entendernos, de unir esfuerzos para encontrar un punto en común más allá de las diferencias ideológicas y de los puntos coyunturales de opinión”.
Sin embargo, pese a que anunció que en los próximos días convocaría a las y los ciudadanos de Guerrero para dicho diálogo, hasta el momento el anuncio ha quedado en el vacío.
Con todo, la iniciativa local contrasta con el pronunciamiento del cuestionado Enrique Peña Nieto quien, en la víspera, convocó a los guerrerenses a superar el dolor. Tal parece que el interés presidencial estriba simplemente en enterrar en el olvido la tragedia de Iguala con sus 43 desaparecidos, lo cual resulta francamente abominable.
Así pues, con la presencia o al margen de las autoridades, el diálogo social es un imperativo inaplazable si no deseamos que el país se nos deshaga entre las manos.
El punto de arranque de ese proceso de comunicación debe estar constituido por dos factores primordiales: 1. Que existan personas con calidad moral para promover ese diálogo, y 2. Que se defina primero una agenda temática en la que debe primar la recuperación con vida de los jóvenes desaparecidos y, en segunda instancia, la justicia social integral.
Respecto del punto número 1, proponemos aquí nombres de quienes pudieran promover el citado diálogo de cara a la sociedad:
Javier Morlet Macho.- Coordinador de los Diálogos por la Paz, proyecto que catalizó las demandas de amplios y diferentes estratos de todas las regiones de la comunidad guerrerense. A partir de una tragedia dolorosa y personal -la pérdida de su hija-, Morlet comenzó a participar de manera desinteresada en los diversos procesos de restauración de las heridas. Su experiencia es valiosísima para efectos del proyectado diálogo.
Jesús Mendoza Zaragoza.- Este sacerdote cercano a las causas de los débiles y los desposeídos, es un valioso activo para la paz. Su labor callada a favor de migrantes e indigentes, así como sus aportes a los procesos de reconciliación, serían de capital importancia en un proceso como el referido. Desde hace años y a partir de su ministerio religioso ha desarrollado su propia lucha a favor de la paz.
Key Mendieta.- Una dama de trayectoria impecable. Ha participado en los Diálogos por la Paz, en la recuperación de espacios públicos, en la promoción de derechos humanos y en labores de auxilio a la población necesitada. Su labor ha sido también discreta, lo que enriquece su perfil.
Carlos Garfias Merlos.- El arzobispo ha sido mediador entre diferentes organizaciones sociales y el gobierno, lo que ha evitado rupturas violentas. Ha mantenido un apoyo sostenido a miles de familias agraviadas por la violencia, entre ellas a los desplazados tanto de las zonas urbanas como de la Sierra Madre del Sur. Ni duda cabe que sería de mucha ayuda como mediador en este proceso de entendimiento.
Nelly Pastrana.- Desde hace tiempo trabaja, a la callada, en un proyecto de Banco de los Pobres, que tiene como objetivo generar financiamiento elemental y barato para pequeños proyectos de autosuficiencia alimentaria. Su proyecto, destinado a ayudar a los más pobres de Guerrero, está listo para arrancar. El apoyo oficial a ese proyecto, inédito en México, ha sido hasta ahora meramente discursivo.
Javier Saldívar.- Uno de los más activos y diligentes empresarios de Acapulco. Es un personaje que, sin dejar de representar los intereses del sector privado, ha sabido entender las demandas de la sociedad. Por cuenta propia comenzó un proceso de entendimiento con los normalistas de Ayotzinapa, con los padres de los desaparecidos y con otras organizaciones, para buscar un punto de interés en común, que es la preservación de la planta productiva y el empleo.
Erick de Santiago.- Autor principal de la campaña Habla bien de Aca, es un joven empresario de nueva generación que ha manifestado interés por los procesos sociales y ha compaginado ese interés al del sector turístico que representa. Es una persona de mentalidad positiva y propositiva.
Bruno Plácido.- Un personaje de sobra conocido, al que se le han endilgado injustamente otros calificativos. Plácido Valerio es impulsor, desde 1993, de los esfuerzos organizativos de la población indígena de La Montaña, lo que terminó por conocerse como Policía Comunitaria (CRAC-PC), constituida formalmente en septiembre de 1995, lo que se traduce de hecho como el primer grupo exitoso de autodefensa. En 2011 promovió la integración de la UPOEG con el objetivo inicial de impulsar el desarrollo sustentable.
Mario Campos.- Sacerdote católico representante de la Iglesia de los Pobres en la región de La Montaña. Desde su sede parroquial en Xalpatláhuac, proporcionó el perfil religioso y pacífico a las policías comunitarias.
Alejandro Solalinde.- Es incuestionable la vocación generosa y comprometida de este sacerdote que ha protegido y promovido los derechos humanos de los migrantes centroamericanos que buscan un mejor futuro en la Unión Americana. Sus servicios por los migrantes, los desposeídos y las víctimas de la violencia lo han puesto en la mira de intereses oscuros. Sería bienvenido su aporte al proceso de diálogo en Guerrero.
Estos son sólo algunos de los nombres de personas que pudieran promover, participar y encauzar el proceso de entendimiento entre los guerrerenses, proceso que puede permear hacia la sociedad nacional mediante esfuerzos de otros personajes con calidad moral en otras latitudes del país.
Esperemos que sean ellos quienes tomen la iniciativa, que tanta falta le hace a Guerrero y a todo el país. Si este proceso de diálogo no prospera, entonces habrá que esperar que resurja el Guerrero bronco que, sin lugar a duda, abrirá paso al México profundo que todos temen. Esperemos que no sea así.

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